27 septiembre 2016

Enrique, un amigo en el Camino...

Si alguna vez sentí que el Camino me derrotaba, creo que fue cuando llegaba a Puebla de Sanabria.  Desde que salí de Rionegro del Puente, tenía la idea de que 40 kms. eran demasiado para mí, pero algo me apuraba a que llegara hasta allí. Varios de los pueblos por los que pasaría tenían albergues, así que existía la posibilidad de cambiar los planes en cualquier momento.

Exhausto y casi derrotado aviste el Castillo que distingue a Puebla de Sanabria, me dolían las pantorrillas, el tendón de Aquiles y todos los otros músculos con nombres romanos, griegos o latinos. Los pies lloraban y pedían descanso, la mochila a esta altura pesaba 50 kilos sobre mi espalda entumecida. Así y todo cuando llegue, no pude resistir dar una pequeña vuelta por el pueblo, estaba embelesado por la belleza que prometía a primera vista.

Al arribar al Albergue Casa Luz, apenas registrado, me tumbe en una cama y quede como muerto, todo el cuerpo me dolía y me prometí ahí mismo, nunca más hacer etapas maratónicas, no son para mí. 

Después de unas horas de descanso, fui al patio trasero a lavar mi ropa y descansar con los pies descalzos hasta la puesta del sol. Casi adormilado escucho que alguien se sienta cerca a remojar sus pies en agua con hielo, lo más distintivo, fue el olor al pitillo que el peregrino estaba fumando. Yo soy enemigo total del tabaco, pero el aroma del cigarrillo ese no me molestaba, la tranquilidad y paz con la que el hombre fumaba, me llamaba la atención.

Nos saludamos y comenzamos a conversar, Enrique, un andaluz de pura cepa, con su forma de hablar no podía negar ni disimular su origen. De cualquier manera, le pregunte de donde era, a lo cual me respondió “de Bilbao”, asombrado, le dije que su hablar era tan andaluz que casi ni le pregunto. Respondió “soy nacido en Andalucía, criado en Andalucía y he vivido toda mi vida en Andalucía”.  ¿Entonces porque dices que eres de Bilbao? le pregunte. Me miro serio, respondiendo “nosotros los de Bilbao nacemos donde se nos antoja” y largo una risa y sonrisa más grande que su cara.
Desde ese momento supe que estaba en la presencia de un peregrino que disfrutaba de su andar y que debería llevar muchos caminos dentro del macuto. Sus pies estaban destrozados, las llagas y cortes eran muchos, se veía que estaba sufriendo, pero a pesar de todo su semblante era de felicidad. Le ofrecí intentar curarle con las cosas que yo traía y mi poco conocimiento, ya que las llagas no son comunes en mis pies. Hice lo que pude, no sé si sirvió de algo, pero al rato salió caminando hacia el pueblo en búsqueda de sandalias, ya que ya no podía ni calzar las botas.

Él también me ofreció hacerme un masaje en las piernas y pies, acepte contento. Creo que el líquido que tenía, era alcohol con romero, con hábiles manos me hizo sentir como nuevo. Después me aplico unas cintas como vendajes, se veía que sabía lo que hacía y yo ahí, seguro que mañana, cuando volviera a la ruta, me sentiría como nuevo.

Cenamos como reyes después de haber cocinado una comida común, nos tomamos unos vinos y decidimos que al otro día comenzaríamos a caminar juntos, cada cual a su paso, pero con la misma meta. El a pesar de sus sandalias y sus dolores, parecía una gacela, yo un rinoceronte. Me sacaba ventajas en pocos minutos y lo veía desaparecer a la distancia, sin embargo después de un rato, en el aire se comenzaba a distinguir el aroma de su pitillo y allí me lo encontraba sentado en una piedra o tronco, esperándome y descansando sus pies.
Los dos heridos, hicimos etapas cortas, dormimos en Requejo, Lubían, A Gudiña, atacamos juntos los altos del Padornelo y A Canda, recorrimos valles y frondosos bosques, el adelante, yo llegando siempre después, el fumando y esperando por mí. Después de salir de A Gudiña, ya recuperados, veíamos que esto se terminaba, mi paso no era el de él, el tenia limitaciones de tiempo para llegar a Santiago, yo despacio, despacio, sabía que iba a llegar pero no cuando.

Mientras recargábamos agua en la fuente de A Venda de Teresa, decidimos que era ya tiempo de partir compañía, nos dimos un fuerte abrazo y con un “Buen Camino” lo vi alejarse. El seguiría hasta Laza, yo me quedaría en Campobecerros.

Al paso, subí y bajé recorriendo paisajes maravillosos, cada tanto buscaba a Enrique a la distancia, pero no lo veía. En la entrada de Campobecerros, pensé si yo también podía llegar a Laza, pero me di cuenta que mi mente decía que sí y el  cuerpo violentamente le argumentaba que no.

De repente, cuando buscaba el Bar de Rosario, el aroma del pitillo se distinguía claramente. Allí estaba, esperándome por más de una hora para despedirse otra vez, nos tomamos unas cañas frías, rememoramos los tramos hechos y…adiós. 

Son cosas del Camino

Un puente hacia el pasado. Cosas del Camino.

La salida de Orense por el puente romano y después las grandes y continuas subidas del Camino Real, no dan mucho respiro, hasta que se llega a la Ermita de San Marcos. Los campos todos negros y quemados por un incendio reciente, acompañan la subida hasta Tamallancos. El esfuerzo físico, por el camino empedrado y después por los desniveles existentes, obligan a concentrarse en el caminar. Desde lo más altos las vistas del valle y el vapor de las aguas termales del Miño se divisan desde lejos.
Al tranco, seguí rumbo a Cea, donde esperaba comerme un poco de su famoso pan. El día era caluroso pero aceptable, los bosques de 1000 verdes de Galicia me acompañaban y parecía que todos los pájaros del Camino se habían despertado para viajar juntos y conmigo. Me traía a la memoria mis paseos con mis queridos padres y mi hermano, paseos que siempre terminaban con los cuatro en un campo o monte, libres y al aire libre. De los cuatro quedo yo solo y cada poco revivo aquellos momentos.

Un viejo puente romano, muy antiguo pero entero, apareció frente a mí con sus gigantescas piedras como piso y sus parapetos donde todavía se distinguían los símbolos romanos originales. Lo miraba de lejos y me intrigaba, pero a la vez sentía que era como si fuera a transportarme a otro tiempo.

Del otro lado, a la sombra de los árboles, me esperaban ellos, sobre una mesa el guisado de perdices, típico de nuestros viajes, sentados en sus sillas plegables, mi padre y mi hermano saboreaban un vaso de grappamiel, su bebida preferida. La mesa pronta para comer y una silla esperando por mí, los aromas eran de campo y comida casera. Mi madre, como siempre, ajetreaba alrededor para que todo fuera perfecto, hasta llegue a detectar el suave aroma de la crema que ella usaba para sus manos. Me miraron sin mostrarse sorprendidos de mi llegada, comimos en silencio constantemente cruzando nuestras miradas, sin nostalgia, sin miedos, sin penas.

No sé si fue un minuto o muchas horas, terminada la comida nos paramos, nos abrazamos fuertemente y los tres después de darme un beso en la frente, se despidieron de mi con un… “Hasta que nos volvamos a ver…”, yo quise responder “hasta pronto”, pero no me salieron las palabras.

Después de esta alucinación que había tenido y que me había dejado contento, melancólico, con la panza vacía y el espíritu lleno, seguí rumbo a Sobreira, sonriendo y cantando canciones de tiempos pasados.

Son cosas del Camino.


12 septiembre 2016

Perderse en Cáceres

Todavía no había llegado a la Plaza Mayor, pero el alma y la imaginación se revolcaban en mi interior, sentado a la vera del Camino después de llegar al Alto de las Camellas, me puse a leer un panfleto turístico, que no sé cómo había llegado a mis manos. La idea era recorrer un rato por Cáceres y después seguir a Casar de Cáceres, donde esperaba descansar en un albergue municipal del que tenía muy buenas referencias.
A medida que leía sobre la ciudad medieval de Cáceres, más me apetecía la idea de recorrerla por unas horas, ya que estaba casi justo a medio camino de una etapa corta. Pero como el siempre el Camino se traza solo y te va dictando “los comos y los porqués” de tus pasos.
En el momento en que di mis primeros pasos a la entrada de la Plaza Mayor, me sentí como que no era dueño de mis tiempos y mis planes. El tiempo de mi reloj parecía haberse rebelado, obligándome a detenerme en ese tiempo y lugar que marcaba.

Las escalinatas que llevaban al Centro Histórico, eran el imán que me atraía y distraía, me senté en una terraza a tomarme una cerveza y admirar los alrededores. No sé cuánto duro ese descanso, me levante con desgano, remoloneando y buscando una excusa para no seguir. Me colgué el macuto y emprendí Camino para subir las hermosas escalinatas, cruzar la ciudad y proseguir hacia el destino prefijado.

Iba a pasos cortos y lentos, daba vueltas sobre mí mismo como un trompo, no me cabían en los ojos las piedras, las callecitas angostas, los monumentos, todo me fascinaba.

Estaba en ese trance, cuando me doy cuenta que en el bar había dejado olvidado mi fiel compañero, mi bordón. Desanduve mis pasos rezando para poder encontrarlo, ya que llevaba conmigo varios Caminos y era un regalo especial de una pareja de amigos entrañables.

Lo había dejado recostado contra la pared, lo encontré caído, la mitad del bordón dentro de un portal, como invitándome a entrar para recogerlo. Pensión Carretero decía el cartel donde lo había dejado recostado, él, ahora me invitaba a entrar, a quedarme, ya vendría el tiempo de seguir.

Por dos días y dos noches deambulamos mi bordón y yo por Cáceres, vimos la ciudad bajo los rayos implacables del sol que curtía y bajo la luz de la luna, que dibujaba imágenes fantasmagóricas en pequeños rincones. Visite sus iglesias y sus lugares públicos, escuche tres misas y sentado en una recóndita placita, junto a un convento, me regocijé con un coro de monjas cantando Vísperas con voces que parecían angelicales.

Me perdí en Cáceres, porque encontré una ciudad que me deslumbro, también porque el Camino, de una forma o de otra, me indicaba que ya llegaría el momento de seguir.


La soledad y el Camino

Y a veces pienso que lo que más extraño es la soledad.

Los kilómetros se van subiendo al cuerpo, las subidas y bajadas te hacen sentir poderoso, tus piernas y tus pulmones responden como deseas, miras el horizonte donde se recortan montañas maravillosas o valles interminables, los verdes y los ocres se mezclan, las nubes blancas que a veces están a tus pies, con su blanco espumoso le dan un fondo surrealista al paisaje siempre cambiante.
Alrededor, nadie, tú con el bordón, la mochila y los ojos tan abiertos que parece que se van a salir de la cara. Se te llena el alma de sonidos y  de aromas que se sienten placenteras, todo parece que te envuelve y te arropa, como protegiéndote y aislándote del mundo real, de las rutinas cotidianas, de los dolores y amores de todos los días.

Y se vuelve adictivo, cuando estas en el Camino, eres uno, cuando vuelves a casa eres otro. Pero ese otro tiene ya dentro una mezcla grande de lo que fuiste y sentiste en la montaña o en el valle, donde de a poco reflexionabas sobre temas íntimos que en el día a día de la vida “normal” ni te pasan por la mente.
Las horas que caminas solo, te van edificando ese “otro yo”, que tiene mucho de lo que realmente eres, pero que de a poco va integrando cosas que la soledad te va enseñando de ti mismo, cosas que siempre estuvieron dentro tuyo pero a las que nunca recurres o simplemente no te dabas cuenta que tenías.

Cuando vuelves del Camino, en realidad nunca vuelves, porque todos los días de una forma u otra en cada cosa que haces, se nota la estampa de ese “otro yo” que te dejo el Camino.
No lo digo por lo que me contaron, lo digo porque lo vivo constantemente, en cada decisión que tomo o en cada cosa que hago, siento que ahora lo hago con más ecuanimidad, con la mente mas abierta, con el corazón más dispuesto a hacer más felices a los demás, porque yo ya sé dónde soy feliz y porque.

Por eso no sé si lo que extraño es la soledad o el Camino, pero sé que lo que siento, lo descubrí en el Camino, una experiencia de la que nunca vuelves como eras.