El sol apenas comenzaba a mostrar sus brillos por el oriente,
cuando yo ya me despedía de Moha Hassan y rumbeaba para Zamora. Pero no siempre
al que madruga Dios lo ayuda, salí contento y a paso firme hacia la salida del
pueblo, estaba muy alegre e iba cantando canciones que me llenaban de luz el
corazón. No sé dónde fue, pero en algún lugar me perdí una flecha y
el Camino dejo de ser el de Santiago, ya era mi camino, decidí que en vez de
desandar, seguiría utilizando mi sentido de orientación hasta llegar adonde yo
pensaba que podría retomar el sendero original.
Entre subidas y bajadas, hermosos montes nativos y plantaciones de
maíz, fui avanzando tratando de llegar a un pueblo llamado Villanueva de
Campean, en un campo muy cerca de Peleas de arriba, me encuentro con un cazador
de palomas que me dice que voy bien y que estoy a pocos kilómetros de
Villanueva. Sigo contento y a paso firme, me siento bien y no muy preocupado
por el cambio de ruta, a la larga yo sé que todos los caminos llevan a
Santiago. Pero….
De los maizales sale un jabalí grande y con cara de pocos amigos, yo
que me crie en el campo, sé que el animal no ataca a no ser que se vea acosado,
me detengo a unos 30 metros de distancia para darle tiempo y lugar para que
siga su camino. El, tenía otra cosa en mente, en vez de volver al maizal se
dirigía hacia mí de una manera amenazante, yo quieto lo veía que se acercaba
pero para no asustarlo seguía quietito… llego un momento en que me di cuenta
que este bicho no sabía que no es normal que el ataque, por lo que empecé a
mirar para que lugar salir corriendo en caso de que el siguiera en su postura
agresiva. Para un lado monte cerrado y agreste, para el otro un maizal tupido y
más alto que yo, atrás a unos 50 metros una antigua vía del ferrocarril cruzaba
el sendero, de a poco me fui dando vuelta tratando de llegar hasta allí sin
disturbar a mi enemigo, el seguía como una estatua en medio del camino
mirándome y medio bufando entre dientes.
Valientemente me di vuelta y lo más rápido que mi cuerpo permitía me
dirigí a las vías, al llegar allí salí corriendo por sobre los durmientes,
corriendo como corre un hombre de 68 años y cargado con un macuto de 10 kilos
sobre la espalda. Después de una distancia considerable sin mirar para atrás,
comienzo a sentir una gran comezón en brazos y piernas y el paso se dificultaba.
Con el susto que tenía, no me había dado cuenta que iba corriendo entre los
zarzales y espinares que invadían la vía abandonada, me detengo, miro para
atrás y ni rastros del animal. Mis pulmones parecían prontos para explotar, el
corazón me palpitaba a mil por hora, mis brazos y piernas sangraban
profusamente por el daño que me habían producido los zarzales.
Avanzar no podía porque la vegetación sobre las vías, se cerraba cada
vez más, para atrás ni pensarlo, no quería volver a encontrarme con Don Jabalí,
a los costados los terraplenes se alzaban más de cinco o seis metros, empinados
y arenosos eran mi única salida. Probé a subir y volvía a caer cuando la arena
no resistía mi peso y se derrumbaba a mí alrededor, desarmé mi bordón que se
destornilla a la mitad para poder ir clavándolos en la arena alternativamente
hasta llegar a salir de mi predicamento.
Con la mochila todavía en la espalda, al llegar arriba, me quede tirado
sobre un campo de cereales, me ardían los pulmones por la respiración agitada y
forzada, sin moverme quería recuperarme y que mi corazón comenzara a latir
normalmente, nunca en la vida me había sentido tan agitado y al borde de un
colapso. No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero me recupere, acomode el bordón,
reajuste el macuto y me despedí de mi sombrero, que había quedado enredado en
los zarzales. A la distancia se veía un pueblo y atravesando campos me dirigí
hacia allí.
Poco antes de llegar a lo que sería Corrales del Vino, me
encontré con un anciano que al verme tan sucio y sangriento se preocupó por mí
y me invito a llevarme a su casa para curarme. Mientras me atendían les conté
de mis peripecias con el jabalí, el hijo del hombre me dijo que él sabe que los
jabalíes no atacan, pero que la noche anterior unos cazadores habían descargado
más de cien tiros en esos maizales y no habían cazado nada, por lo tanto que
fuera un animal herido y desorientado el que yo había encontrado.
Luego de reparado retome mi camino, ya llegar por el camino tradicional
era una tarea casi imposible, así que él me recomendaba que siguiera por la
carretera que de ahí llegaba a Zamora, yo ya no estaba para más aventuras, por
lo tanto seguí su consejo. Empecé el día pensando hacer unos 31 kilómetros,
pero entre aventuras y desventuras llegue a Zamora después de haber caminado
más de 37.
La vista de la ciudad desde la distancia volvió a poner una sonrisa en mi
rostro y el paso también se volvió más rápido y constante, el estómago me
recordó que desde el desayuno no había probado bocado. Se me pasaron todos los
dolores al cruzar el puente romano que te deja en la encantadora Zamora.



