Pero, no hubo más remedio que levantar las cacharpas y lanzarse a la
ruta, fui el último en partir y todavía después, a pesar de que había
desayunado en el albergue, me pare en un chiringuito antes de la salida de la
ciudad, como para extender mi estadía en la hermosa Zamora. Hasta me pasó por
la mente el quedarme otro día para seguir recorriéndola, pero me esperaba el
Camino Sanabrés, que desde que planee hacerlo, me lleno de preguntas y
curiosidad.
La salida de la ciudad es extremadamente monótona y los primeros 6 o 7
kilómetros de la corta etapa que me espera, no tiene nada de memorable. Después
el rumbo se hace pesado, largas rectas por caminos vecinales o senderos casi al
borde de la ruta, mucha tierra y guijarros que crujen bajo el peso de la bota.
Los pequeños pueblos de La Hiniesta y Róales del pan, rompen un poco la
monotonía, pero no mucho.
En los pequeños poblados de España, es común escuchar las bocinas o
cláxones de los diferentes proveedores de alimentos que van de pueblo en pueblo
ofreciendo sus productos, recorren las pocas callecitas de los poblados,
visitando a sus clientes, quienes salen a la puerta a recibirlos y comprar lo
necesario. Justo a la salida de La Hiniesta, unos de estos proveedores, se
detiene frente a una finca y deposita en una cesta colgada a la entrada, tres
hermosas barras de pan. Saludo a la panadera y le pregunto si me podría vender
algo, por respuesta, saca de un gran cesto una crocante barra de un pan de
color mestizo y aroma de grano entero. Cuando le pregunto qué le debo, me
responde “Buen Camino y un abrazo al Santo cuando llegues a Santiago”.
Me alegro el día, un pan no cuesta más que unos centavos de euro, pero
la respuesta valió millones, una muestra más de la hospitalidad que se
encuentran en los senderos que llevan al Santo y de la gente que uno se
encuentra y que nunca deja de sorprender. Ahora con paso alegre el día ya no me
parecía perdido, cruce el bordón en la espalda, trabado con el macuto y con el
pan en una mano y un pedazo de chorizo, que nunca falta, me fui comiendo sin
tener más preocupación que la de saborear el momento.
El paisaje de campos cerealeros, que no cambiaba, me dejo en las
puertas de Montamarta, donde en vez de dirigirme al albergue, que se encuentra
a la entrada y sobre la carretera, me fui derecho hacia el centro del pueblo
donde me habían dicho que encontraría una Iglesia muy linda y una estatua del
famoso Zangarrón, un personaje mítico y típico de esta zona. Visite la iglesia,
pasee por sus alrededores, admire la estatua y fui al Ayuntamiento a sellar la
credencial.
En el bar Marce’s, junto a la iglesia, un cartel anuncia Wi-Fi, la
chance de tomarme una caña fría y también de comunicarme unos minutos con el
resto del mundo, me tentó, así que me senté bajo una sombrilla de su terraza a
descansar un poco y pensar en seguir adelante o buscar un lugar para quedarme
aquí, sin prisas, el día todavía es joven y queda mucho por disfrutar.
Apenas conecto el teléfono, recibo un mensaje, ¿estamos en la carretera
rumbo a ti, por donde andas?, le conteste donde estaba e inmediatamente me
pidieron que no me moviera que en un rato llegaban. Eran Sandra y Adrián, que
nuevamente venían, pero esta vez era para llevarme a dormir a Genestacio de la
Vega, donde está su casa y es a más de una hora en auto de donde yo estoy. Su
pueblo, ya lo he visitado y me tratan como a un hijo adoptivo, los vecinos que
me conocen me han tratado de primera y me han hecho sentir como en casa. Además
me prometieron que después de cenar una costillitas de cordero a las brasas que
Iván prepararía y dormir allí, mañana me dejarían otra vez en este mismo lugar
para seguir mi Camino. Así que otra vez los planes cambiaban, pero con gusto me
rendí, las horas de ayer no habían alcanzado para el rencuentro.
A la tarde después de una buena ducha y una siestita, sali a visitar algunos
amigos, aproveche y a caminar por las callecitas de Genestacio. El sol estaba
cayendo cuando comence el retorno, desde la zona de las bodegas. Las luces y
las sombras del pueblo, que a esta parece estar abandonado abandonado siempre
me fascinan, a la distancia se sienten el alboroto de unas ovejas que bajan del
alto y el continuo ladrido de perros, tipico de los campos de estas tierras.
Después me senté frente a la iglesia, único lugar donde se puede acceder a
internet en todo el pueblo, para comunicarme con mi familia, a la cual ya la
estaba echando de menos, especialmente a mi esposa.Las prometidas costillas que preparo Ivan quedaron deliciosas, unos frejoles cosechados en su propia huerta adornaron una noche de historias, anecdotas y recuerdos. Se hablo mucho del Camino, pero tambien de lo que ellos habian experimentado cuando me visitaron en Toronto. Era ya tarde cuando los chupitos, habian vaciado la verde botella de Rua Vieja y nos fuimos a dormir.
Como ven, una etapa totalmente para el olvido, en cuanto a la
geografía, por diferentes motivos se transformó en un día excepcional gracias a
la panadera y mis amigos. Todo esto tambien es gran parte del Camino.




